
El aire incendiaba eso que reconozco como mío. Aquello que se me parece y no tanto. Todo lo que no puedo tocar con mis manos. Mi suerte parece estar echada sobre la mesa, disuelta en el paño verde. Me asfixio, me caigo… tropiezo con la lentitud de un sonido que llega más tarde… eco… y soy eso, el fantasma de mi cuerpo. Y me observo… pensativo, sin creer en nada realmente. No resuelvo terminar de caer… la lentitud, la incertidumbre… creo pensar, pero no lo hago… no realmente… no tengo voluntad… son ellas solas, las palabras… son ellas y no soy yo. Son ellas como un cuerpo… un sustancia maciza… son ellas en realidad una. No son mías… no es mía, pero estoy ahí en ellas… dónde… es ella y no yo… esa unidad, no yo. No puedo detener la prisa ni puedo socavar la continuidad de esta lentitud… ya no estoy, no soy ahí… es solo ella abarcándolo todo. No puedo detenerlo… es solo ese movimiento de las palabras que no son mías y del cuerpo del que soy sombra, al que observo… ya no estoy… puedo observarme, soñarme, pensarme… pero ya no estoy ahí, donde solía estar. La prisa de esta lentitud nubla, ciega… mis ojos de fantasma pierden al que fue mi cuerpo… y ya no me recuerdo… no puedo soñarme, no lo hago… soy el sueño entonces… y olvido al tiempo, olvido su clamor de eternidad, olvidando que los minutos son horas, y las horas batallas, y los frutos del combate el barro que sostiene a una mínima pregunta y a una mínima respuesta.
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