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miércoles, 12 de agosto de 2009

... carta 1.


Foto: La Maga.


Desde la pequeñez o de alguna de tus fragilidades… sigo escuchando un piano. La distancia ha puesto a prueba todas las horas acribilladas. Me preguntaste alguna vez “adónde irán a parar nuestros pensamientos comunes, entre toda esta geografía virgen y desconocida”. Siempre dedujiste mi detalle, siempre obtuviste la voz de mis parálisis y respondiste cada vez que lanzabas la agonía de tus preguntas en el aire, “lloraremos nuestra chatarra futura en algún momento entre tu cuerpo y mi capricho”. Tu mundo, esa piedra guardada en tu bolsillo, hilvanándose a mi espalda, clavándose en mis ojos. Tu juego triste y pendular, tu súbita furia, escapándose de los agujeros de tus pantalones. La escena, la cadencia, el vino de tu saliva y la muerte que nunca llegó para dejarnos sin eslabones de titanio rodeándonos el cuello y los tobillos. Vos de mí y mi cuerpo de tu hambre, nunca se dejaron para un rato más tarde, cuando en otra vida, como creías y decías continuamente, fuéramos un insecto, vos el tórax y yo la piel rugosa.
Te vi devorando el papel de mi carta anterior, con el canibalismo de tus inseguridades. Kilómetros, camicaces, mesetas interminables, un afuera entre medio. Y no se si estás ahí pensando lo que pude haber dicho o lo que pudiste no haber anhelado. Cuando el relieve adquiere la forma del tiempo creo que te pienso. No podía dejar de decir que todo el mundo que ha pasado no ha sido más que un pretérito del futuro, como bien dijiste aquella vez mientras masticabas mis talones. Ya no estoy de pie para decírtelo, ahora prefiero las alas desde el cuerpo de insecto en el que te espero, pero nunca estuve tan cerca como cuando morimos aquella vez bajo el frío de esa mañana en ese lugar que no recuerdo. Saludos.

El niño melodioso muerto en mi mucho antes que me corte el hacha.


Foto: La Maga.


"Es decir que ora me diera cuenta de hallarme de pronto desnudo entre una multitud que ve mi desnudez, ora mis manos se cubriesen de hojas con las que tuviese que vivir, que atarme los zapatos, sostener el cigarrillo, abrir la puerta, rascarme; ora que él mismo espontáneamente supiera lo que yo no soy sino en el fondo y riera al verme así... ora que yo viera y sintiera mi sexo eternamente devorado por los peces; ora que una amistad súbita me permitiera acariciar hasta el espasmo los sapos, los cadáveres, al evocar estos suplicios -y otros- mi muerte corre peligro de ser el conocimiento de mi verguenza aparecida en el juego de las manifestaciones más temidas frente al ser amado." "El niño transformado en caimán teme que un destello cualquiera proveniente del interior de su cuerpo o de su propia conciencia lo ilumine, enganche su caparazón escamoso el reflejo de una forma y lo haga visible a los hombres..." Desenmascarado, se convierte en él mismo. La metamorfosis que le amenaza sin tregua es esas revelación constituyente que se operó un día por mediación de otro y que puede repetirse a cada minuto. J. P. Sartre.

lunes, 10 de agosto de 2009

Tres escalones en descenso


"Al contagiarnos su mal, Genet se libra de él. Cada uno de sus libros es una crisis de posesión catártica, un psicodrama. En apariencia, cada uno no hace sino reproducir el precedente, como sus nuevos amores reproducen los anteriores; pero con cada uno este poseído se hace un poco más dueño del demonio que le posee. Son diez años de literatura que valen una cura de psicoanálisis." j. P. Sartre

"Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza (...) Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con desprecio." Camus.

"Lo que hay de hombre en ti se pudre en el abuso perverso del conocimiento, y nada expresa más directamente esa suprema desintegración como la inseguridad de tus pasos en el mundo (...) Fíjate en un hombre solitario que esté esperando algo y pregúntate qué. ¿Has estado alguna vez lo suficientemente febril como para verlo?" E. Cioran.

domingo, 9 de agosto de 2009

Las fotos anteriores (barro y eternidad) pertenecen a los ojos de La Maga.

... barro.


El aire incendiaba eso que reconozco como mío. Aquello que se me parece y no tanto. Todo lo que no puedo tocar con mis manos. Mi suerte parece estar echada sobre la mesa, disuelta en el paño verde. Me asfixio, me caigo… tropiezo con la lentitud de un sonido que llega más tarde… eco… y soy eso, el fantasma de mi cuerpo. Y me observo… pensativo, sin creer en nada realmente. No resuelvo terminar de caer… la lentitud, la incertidumbre… creo pensar, pero no lo hago… no realmente… no tengo voluntad… son ellas solas, las palabras… son ellas y no soy yo. Son ellas como un cuerpo… un sustancia maciza… son ellas en realidad una. No son mías… no es mía, pero estoy ahí en ellas… dónde… es ella y no yo… esa unidad, no yo. No puedo detener la prisa ni puedo socavar la continuidad de esta lentitud… ya no estoy, no soy ahí… es solo ella abarcándolo todo. No puedo detenerlo… es solo ese movimiento de las palabras que no son mías y del cuerpo del que soy sombra, al que observo… ya no estoy… puedo observarme, soñarme, pensarme… pero ya no estoy ahí, donde solía estar. La prisa de esta lentitud nubla, ciega… mis ojos de fantasma pierden al que fue mi cuerpo… y ya no me recuerdo… no puedo soñarme, no lo hago… soy el sueño entonces… y olvido al tiempo, olvido su clamor de eternidad, olvidando que los minutos son horas, y las horas batallas, y los frutos del combate el barro que sostiene a una mínima pregunta y a una mínima respuesta.

Historia de la Eternidad (fragmento)


Solo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una pobre eternidad ya sin dios, y aun sin otro poseedor y sin arquetipos. La formulé en el libro "El idioma de los argentinos", en 1928. Transcribo lo que entonces publiqué; la página se titulaba "Sentirse en muerte".
"Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya ante dicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.
"La rememoro así.La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dió un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y a recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procure una máxima latitud de probabilidades para no cansar expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realizé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejo hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así al barrio mio, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos -más altos que las líneas estiradas de las paredes- parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.
"Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta años... Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en esté cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento "Estoy en mil ochocientos y tantos" dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor inbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconciliable palabra "Eternidad". Solo después alcancé a definir esa imaginación.
"La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos -noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de madre selva, barro fundamental- no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.
"Es evidente que el número de de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales -los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano- son más impersonales aún. Derivo de ante mano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fue avara." J. L. Borges.

jueves, 6 de agosto de 2009

... amor.

Morí sin darme cuenta, pensaba en otras cosas,

nunca mas verás llover.

La música que va diciendo descansaré en tu cuerpo,

otra vez despertarás….

Alumbrará una probabilidad

y el amor nos salvara del acontecimiento,

pero no morirá absolutamente nunca más nadie

… y el tiempo otra vez

será después o antes que todo.